sábado, 2 de noviembre de 2013

Esperando a Jean Michel, Chema Peral



Yo no espero a Jean Michel, espero más cómics para leer.

Para dejarlo claro antes que nada: una vez escuché a Jean Michel Jarre y se me gastó una de las siete vidas que me venían de serie. Años más tarde sonó algo del Oxygène mientras intentaba comer tranquilamente, y tuve que echarme una siesta de seis horas para superar el trance (lo supuestamente trascendental de sus composiciones me provoca alergia, bostezos o la combinación de ambos). Dicho esto, vamos a hablar de lo que toca. 

Aunque no tenga un solo álbum de Jean Michel Jarre en mi discoteca, a veces me quedo frito.


Este cómic entra por los ojos (menuda perogrullez). No, really, hay algo alquímico en sus colores, algo que engancha en la mesa de la librería y te obliga a cogerlo. Esperando a Jean Michel es el debut de Chema Peral, y sucede en dos tiempos y espacios distintos (Francia, 1988, Italia, 1976 y 1990). A ver, que no quiero meter la gamba y explicar más lo de que debo. Por un lado, Jean Michel Jarre crea, junto a un amigo, una máquina para traer al presente -su presente- a personas desaparecidas. Bueno, a músicos o a gente con una pasión muy acusada por la música. Por otro lado está Andrea, buscando trabajo, evitando el fútbol y apuntando sus canciones favoritas en una libreta (adivinad quién es su artista pre.di.lec.to). Y por arte de magia, estos mundos, como un descarte de la serie Lost, se entrecruzan y convergen. Y bueno, no voy a contar más. 



Lo que sí me gustaría señalar es que ¡quiero más historias de Chema Peral
Me gustan los dibujos, los diálogos, la composición y ese aire setentero/ochentero a lo Max, Mique Beltrán y también Gallardo o Calpurnio que despiden sus viñetas. No puedo más que recomendarlo. Y como cierre de esta felina reseñilla intrascendente, lanzo una pregunta al autor o a quien sea que le pueda interesar: ¿soy yo o la contraportada es un guiño a La isla negra, aquella genial aventura de Tintin? Esperando a Jean Michel es un cómic editado por Apa-Apa. Pues eso, apa, adéu, miau!




lunes, 28 de octubre de 2013

Canadá, Richard Ford



¿Iré a Canadá alguna vez? Who knows?

No soy nada objetivo con Richard Ford, y la verdad es que me da igual. Siento debilidad por todo lo que escribe. Incluso en las entrevistas da mucho juego, a pesar de que mis escritores favoritos no acostumbran a ser buenos entrevistados (y la mayoría no parecen ni ser buenas personas). Ah… “las buenas personas”, bonito término para hablar de esta novela. ¿Qué demonios es eso de “ser bueno”? La novela más dickensiana de Ford nos arrastra hacia Canadá desde el estado de Montana y sus pequeños pueblos y sus grandes llanuras para llegar hasta Saskatchewan, el corazón de ese extraño -y helado- país. Es Dell Parsons, un joven de quince años envuelto en una huída involuntaria hacia ninguna parte (Canadá, queremos decir) el que protagoniza esta larga pero no densa historia de reconocimiento de uno mismo, de sus semejantes, del entorno en el que se vive y del peso de las acciones cometidas (en este caso, por los demás). No pienso espoilear nada, no. Simplemente decir que Dell descubre que la existencia es más dura de lo que imaginaba, que suele sobrellevarse mayormente en soledad (incluso si tienes familia y esta te quiere y te protege, hasta que deja de hacerlo), que cabe sobreponerse siempre para…¿para qué? Para afrontar el siguiente revés, y vuelta a empezar. ¿Tan dura es la historia? Tan dura como uno la quiera considerar, por supuesto. Quinientas páginas sabiamente narradas por el maestro del detalle, la descripción ambiental y mental, un verdadero observador del semblante de las personas y las cosas, las calles, los olores y las situaciones en general. Ford sabe que en tres páginas te tiene atrapado. Lo sabe y juega con ello hasta que llevas cincuenta y piensas “¿ya llevo tanto?” y alcanzas las página 175 y ocurre lo mismo y así hasta el punto final. 

Nadie me gana pasando páginas.

Y los personajes, en efecto. ¡Qué personajes y qué manera de analizarlos! Yo me imagino a Ford sentado en una parada de autobús durante horas, sin tomar notas ni nada, simplemente mirándolo todo. Luego se encierra en su casa y decide plasmarlo como si hubiera grabado una película con sus propios ojos, sus propios oídos y su nariz. Decir que los protagonistas “dejan huella” es quedarse corto. Y esos recursos marca de la casa, cuando anticipa desarrollos de escenas, situaciones y desenlaces, que te obligan a detenerte y decir “¡eh, para, Richard, no tan rápido, no te adelantes todavía, tío!” Menudo arranque de novela, a todo esto. Huele a clásico desde el primer párrafo, a infancias y juventudes desvalidas a lo Huckleberry Finn, a lo David Copperfield o incluso La marcha Radetzy (sin parecerse ni un ápice) o a aquella preciosa historia de Hisham Matar, “Sólo en el mundo”, pasada por las balas y los coches agujereados de Bonnie & Clyde en versión patosa. Curioso también el punto de vista único de Dell, el protagonista, tan cercano al lector, al que se le confiesa y le acerca milimétricamente episodio tras episodio. 



¿Qué culpa tienen los hijos de tener a los padres que tienen? ¿Qué necesidad hay de atracar un banco por una cantidad irrisoria, jodiendo así tu vida y la de tus vástagos? ¿Tan apremiante es el American Dream? Y luego aprender a vivir con quince años y sin (casi) nada por detrás y absolutamente nada por delante. Y confiar en la gente, y borrar el camino andado y soñar con atisbar un futuro no ya prometedor sino lo más normal posible. Expulsados de su vida-tal-como-la-conocían, Dell y su hermana Berner quedan marcados para siempre en esta sórdida aventura que vuelve a confirmar que Richard Ford va escribiendo libro a libro la gran novela americana. Sin discusión. Requetemiau.  Edita, as usual, Anagrama.

Esta es la portada de Anagrama para la edición española. La que aparece conmigo en las fotos es un avance.


viernes, 30 de agosto de 2013

Doctor Glas, de Hjalmar Söderberg



Miau con Doctor Glas, menuda novela. A veces pienso que en este blog solo hablo de libros que me apasionan, pero no es cierto, y hay ejemplos de lo contrario. En este caso voy a cubrir de elogios a Hjalmar Söderberg, un autor escandinavo desconocido en nuestras tierras mediterráneas, uno de los clásicos europeos que debimos leer en su día (en el prólogo, Gabriel Ferrater, a quien le tocó leerlo del inglés para realizar un informe de lectura, aconseja su publicación) y deberemos recomendar a nuestros amigos y nuestra prole a partir de ya. Si de mí dependiese, lo incluía en todos los planes de estudios (aunque viendo cómo están los estudios, mejor será que nos despidamos de los que los prescriben). Vamos al libro: la combinación ideal de brevedad, ritmo y cadencia rayando la perfección. Su estilo arrollador fluye como un río caudaloso y juega mejor que bien con los soliloquios del protagonista y los diálogos. 


Ah, Doctor Glas y esa prosa poética -he pensado en Lampedusa y en Kafka y en Zweig, con quienes, sin parecerse a ninguno de ellos, comparte, bajo mi felino punto de vista, un espíritu- me han dejado noqueado unos días. ¿Cómo es que nadie me había hablado de este autor? ¿Se han dado cuenta del personaje tremendamente potente y moderno que es Doctor Glas y de los dilemas que saca a relucir en esta nada inocente nouvelle? Söderberg toca, con el escalpelo de un cirujano, los temas universales espinosos, esos que nos afectan desde siempre -muerte y eutanasia, procreación y aborto y la convivencia de estos con la hipocresía de la época-  y lo hace con la bravuconería del intelectual existencialista que es. ¿Lo es? Yo creo que sí. Y ha leído bien a Strindberg y a Freud y, seguramente, a Dostoievsky, porque hay sueños y surrealismo a intervalos y, por supuesto, sexo –no explícito, más bien contenido, incluso frustrado-  amor y rendención. Vuelvo a Glas, el Doctor: menudo personaje, un romántico con todas las de la ley, con ese aire maldito de fin-de-siecle que lo hace tan atractivo y tan decadente (pienso en Mirabeau y Maupassant), soltando sus perlas a las familias bienestantes suecas que no paran de criar (Suecia como el epítome del progreso, la bonanza económica y, supuestamente, moral) , metiéndose a diario con la sociedad burguesa (a la que pertenece), despotricando contra los paisajes escandinavos y su aparente y equilibrado sosiego. Escéptico, hamletiano, cínico y anticlerical, un personaje incómodo en un mundo incómodo. Un tipo encantador  que se convierte en el caballero andante que deberá liberar a la princesa cautiva de una relación imposible. ¿Superará la prueba? No lo desvelaremos aquí. Sólo diremos que su apellido no es casual (Glas es Glass: cristal), que hace lo que tiene que hacer –de nuevo Dostoiesvki y los dilemas éticos con sus inevitables consecuencias- y que incluso anticipa la novela negra con un capítulo que roza la genialidad más absoluta (sí, ese capítulo). 



Hacía tiempo que no subrayaba tanta frase y tanto párrafo con mi lápiz, y no es algo que me guste hacer, pero me he visto obligado. ¿Leyó Bergman a Söderberg? Estoy convencido. ¡Qué moderno y qué melancólico! Hasta aquí puedo leer y decir. Meow!!

Edita sabiamente Alfabia.

jueves, 15 de agosto de 2013

"La caja de Nicanor", por Blanca Lacasa y Abel Cuevas

Este libro no se me escapa

Esto es una caja de sorpresas, amigos.  Con este libro, aparentemente modesto y pequeñito (y modernito), niños y adultos se lo van a pasar en grande. O mejor dicho, fetén, de fábula, estupendamente. Nicanor es un joven curioso que encuentra una caja llamada Casiopea. Con ella recorre un camino repleto de vocablos desconocidos que rápidamente se convierten en familiares, a pesar de su sonoridad y su supuesto y primigenio misterio. 

Cabriolas: una de mis palabras favoritas

¿Cuántas veces hemos preguntado a nuestros padres o amigos acerca de palabras que nos son desconocidas? ¡Miles! ¿Cuántos tebeos  incluían expresiones raras que aprovechábamos para buscar en el diccionario y acabar aprendiendo? ¡Cientos! Pues Nicanor está en esa misma situación. Y Casiopea es una caja como de Pandora pero sin la maldad que esta incluía, claro. Casiopea está llena de palabras tronchantes y rimbombantes y biensonantes. Casiopea y Nicanor se cruzan con una tal Scruchi (¡menuda ella!) y con un bólido y un skater y un gaznápiro insensible y con mi personaje favorito de la historia: Guarripichi, un perro que decide…en fin…no pienso decir más. ¡Chitón, a leerlo toca!

Garantía de buena lectura Byron Cat

Abran este libro, léanlo con sus hijos y admitan que hace tiempo que no abren un tesoro ilustrado como este con el que se parten de risa. Cierto es que hablamos con poco vocabulario y hay montones de expresiones abrumadoras para usar, frases ampulosas, algunas rimbombantes, verdaderas astracanadas, excelsos juegos de palabras que andan en desuso por falta de…de sentido del humor. “La caja de Nicanor” es como un diccionario pop para desengrasar nuestra vagancia expresiva, un antioxidante del vocabulario.
Quiero hacer mención especial al tratamiento gráfico de esta joya. Si la historia ya es más que interesante, no se pierdan los colores, las proporciones, los juegos que Abel Cuevas (mis más gatunas felicitaciones desde este humilde blog) regala a este precioso libro de Blanca Lacasa. ¡Retruécanos, qué maravilla!

Edita sabiamente Modernito Books

Las tipografías infinitas de Abel Cuevas molan mazo
Ejem, mejor dicho: me placen sobremanera

jueves, 3 de enero de 2013

"Menos joven", Rubén Martín Giráldez


¡Ojiplático me he quedao!

¡Miau y remiau para mi última lectura del año! Con lo que me gusta a mí el cine de anticipación, la radio y los reality shows, “Menos joven” se ha convertido, sin comerlo ni beberlo, en mi distopía hertziana y psicótica del 2012 (sin contar la realidad española). Bravo por el autor, sus referencias, sus guiños y su ritmo. Hacía tiempo que no leía algo tan estimulante, pardiez. Pero vamos a lo que vamos: “El peinado de Calígula” es un programa de radio cuya audiencia es pequeña (en edad, no en número, quiero decir). Niños, sí, niños. El concursante es Bogdano, un tipo -adulto ya- que ha sido educado con pequeñas triquiñuelas (¿quién no?), y que arrastra algún que otro trauma (lo normal, vamos) montado a caballo por una especie de plató de la vida como el de “La muerte en directo”, de Bertrand Tavernier (aunque por momentos pensé también en “Rollerball” o “Death Race 2000”), persiguiendo a sus ídolos. Sí, sí, a sus idolatrados escritores y músicos, a los autores que ha admirado y venerado en su infancia y juventud, a su panteón personal de valores. ¡Ah, pero no se vayan todavía, que aún hay más! 

Mutación del color de mis ojos, amigos. ¡Se adaptan al libro!

La coña de la educación truncada de Bogdano responde a una serie de confusiones premeditadas acometidas por sus progenitores -gente maja de verdad- quienes cambiaban las guardas de los libros generando “cruces culturales” del tipo “mi libro favorito de J. J. Benítez es sin duda Guerra y Paz. ¡Qué personajes, qué desenlace!” (por poner un ejemplo no real pero plausible). ¿Recuerdan aquella mítica zamarra que Axl Rose llevó en sus años mozos? “Kill your Idols”, rezaba. Pues eso, seguimos: sumisión y sinsentido a caballo de un texto que discurre atropellado por sí mismo, por un narrador tramposo, plurilingüe y algo cabrón (¿quién le dio permiso para insertar notas manuscritas, temblorosos subrayados y flechas mareantes? ¿quién le hizo leer a Rubén Martín Giráldez toda la obra de Nabokov y Pynchon retapada con portadas de Enid Blyton y Gloria Fuertes?). Y ¿qué es la cultura? La alta y la baja, el fetichismo de la misma, el uso que hacemos de las fuentes supuestamente fiables. ¿Cómo nos han explicado la realidad y cómo la hemos entendido? ¿Y en qué momento nos hemos empezado a educar nosotros mismos, al margen de las citadas triquiñuelas paternas? ¿Sabemos educarnos? Con ese método revolucionario, el mencionado programa de radio se convierte en el filo de la navaja que acabará degollando a los genios y a nuestra camuflada gratitud hacia ellos mediante un proyecto de admiración+aniquilación gonzo. Casi nada. Bueno, sí, algo más: no explico el desenlace (¿puede haber desenlace en semejante chaladura?) porque soy enemigo de los spoilers a más no poder. Ya he maullado suficiente este año (juraría que esta es mi reseña más larga ever).

¡Libro Kinder Bueno: viene con sorpresa en el interior!

El endiablado ritmo de “Menos joven”, su tensión y esa manera de acaballinar ídolos me recuerda al primer Woody Allen (el de “Sin plumas”), agitado con el Beckett de los pasajes centrales -supuestamente ininteligibles pero maravillosos- de “Esperando a Godott”  (deporte y castigo como motores del mundo) y sacudido con unas notas de Terry Gilliam, algo de Baudrillard y de Groucho Marx. Ah, pero también me ha venido a la quijotera aquella infame película protagonizada por Arnold Schwarzeneger: “Perseguido”, una distopía chunguérrima que -todos tenemos un pasado- fui a ver dos veces seguidas al cine.2. Dos. DOS. ¿Es adorar ídolos un sacrificio sin precio? ¿Es de obligado cumplimiento para un mentor-guía-maestro pedirle a su alumnado que lo mate (a lo Zaratustra) una vez ha aprendido/aprehendido todo lo aprendible/aprehendible?

Sitting on the dock of the bay...

¡Ah, pero no se vayan todavía, que aún hay muchísimo más!
¡Calcomanías! ¿Qué? ¿Cómor? ¿Qué no saben de qué les hablo? ¡Apártense de mi vista felina! ¿Ni la más remota idea? ¡Que me aspen! ¿No queríamos todos nosotros, años ha, tener nuestras camisetas de Kurt Cobain, de los Ramones o de cualquier marca deportiva para fardar de molones en el instituto? Pues aquí tienen a Antonin Artaud, a Ezra Pound y a otros “escritorzuelos” más para decorar sus antebrazos de marinero en ciernes, rediós bendito. ¿Qué otro libro les puede ofrecer tanto por tan poco? Maullidos de placer ante semejante rompecabezas skaz-pop. Un juguete “asín de divertido” no se lee todos los días. Edita magníficamente Jekyll&Jill. REMIAU.

lunes, 8 de octubre de 2012

Byron´s of the week

Las editoriales andan también de recortes, y eso se ve reflejado en algo muy prosaico: ya no envían ejemplares de promoción para reseñar. O al menos ya no a mí. Miau. ¿Algún problema? Ningún problema, yo compro y alquilo y leo igual. Quizá menos novedades, pero ahí van:


  • "Xingú", de Edith Wharton. Edita Contraseña.
  • "Puro Far West", de O´Henry. Edita Mono Azul.
  • "Nosotros", de Evgueni Ivánovich Zamiátin. Edita Akal.
  • "The Foreigner. Two Essays on Exile", de Richard Sennet. Edita Notting Hill.

jueves, 27 de septiembre de 2012

"Zipper y su padre", Joseph Roth

Menudo perfil austrohúngaro que me gasto

Decir que Joseph Roth escribe bien es no decir nada. Roth escribe mejor que bien porque es un hombre sabio, un narrador nato. Conciso, poético sin quererlo, nos ha legado decenas de novelas que deben revisarse sin falta. Hablé hace meses de "La marcha Radetzy", la que fue mi primera lectura de este extraño 2012, y sin comerlo ni beberlo he vuelto a este imprescindible autor. Así que este verano, entre siesta y siesta, entre una lectura y otra, me he ventilado "Zipper y su padre", que bien podría titularse "Zipper padre e hijo". Aquí aparece de nuevo el enclave de la primera guerra mundial como sombrío e implacable jinete del apocalipsis y debacle de media Europa. Los Zipper, junto al narrador de la novela (amigo de la familia, huérfano de padre, alter ego de Joseph Roth), viven tiempos convulsos previos al asesinato de Franz Ferdinand en Sarajevo en 1914. La familia Zipper, como tantas otras de Viena y de cualquier punto de la Europa Austrohúngara, va tirando. No vive bien, porque no se puede vivir bien si no eres de la nobleza o directamente un canalla. Sobreviven, vamos. Nuestro narrador, amigo del alma de Arnold Zipper (el hijo al que hace referencia el título del libro), va repasando su adolescencia y juventud. Zipper padre, EL PERSONAJE DE LA NOVELA, queda tan maravillosamente retratado que parece que el lector conviva con él, conozca sus expresiones y reacciones. Zipper padre es uno de esos personajes con los que, a pesar de las diferencias, empatizas. ¡Y casi desde el minuto uno! 

A sus pies, Joseph Roth!

Pero a lo que voy: una vez expuesto el marco y los actores de la novela, llega sin avisar la guerra. La Gran Guerra. Y con ella todo lo peor del hombre contra el hombre. Y Zipper hijo y nuestro narrador se ven obligados a sumarse a la carnicería. Y entonces vuelven de la guerra y la novela ya es otra. Indefectiblemente otra novela, otro ritmo, otra historia. Y te das cuenta de la maestría de Roth cuando repasa los daños colaterales del conflicto físico y espiritual de algo tan aterrador y deleznable como aquella guerra. Y la convalescencia de los dos amigos toma caminos inesperados, y la amistad cambia -como no podía ser de otro modo-, y comienzan relaciones con otras personas, y los padres envejecen, y alguien se queda en el camino, y sus vidas no continúan porque ninguna vida continúa después de una guerra. Luego llega el cine, sí. El mundo del cine que irrumpe en la vida de ambos de un modo accidental y luego les pasa factura. Y...bueno, no sigo más porque deben leerla. ¿Una crónica generacional? Puede ser, aunque no soy amigo de la palabra "generación" y todo lo que ella comporta. Una amarga historia de ilusiones y decepciones, desesperación, supervivencia y, por encima de todo, una amistad sustentada en el respeto mutuo más allá de pareceres y desvíos de camino. Debo decir que el truco narrativo del último capítulo desconcierta. Joseph Roth se saca de la manga un personaje que ejerce de "nueva voz" para dar cierta luz a los hechos acontecidos en la novela, y eso me parece extraño (por lo tarde que aparece, por lo brusco y porque -aunque eso es bueno- el personaje en cuestión tiene un spin off como una catedral. En fin, nueva maravilla de Joseph Roth editada por Acantilado y recomendada por este su gato reseñador y maullador. Miau, miau, y remiau por el gran autor de la debacle austrohúngara.

Juro solemnemente que Joseph Roth es un MUST